Català Roca
"Mirar, seleccionar y no manipular"
Hablar de Catalá Roca
es hablar de fotografía, no hablar acerca
de fotografías. Las fotografías,
cada una de las imágenes, se presentan
ante nosotros y nos ofrecen una experiencia
directa, "una ocasión para el pensamiento".
Nosotros, como espectadores frente a ellas,
volveremos a formular desde nuestro presente
una conjetura acerca de la realidad que se
nos muestra de la mano del fotógrafo
que fue testigo.
Pero la fotografía
tiene un interés como medio que va más
allá de las obras que produce. Català Roca
es uno de esos personajes cuyo sólo
nombre, sin apenas ilustración de imágenes,
llenan un importante capitulo de la historia
de la fotografía en España. Él
fue agente activo de una reacción que
se produjo en la forma de hacer y de concebir
la fotografía entre muchos de los fotógrafos
que aparecieron después de él.
Una cronología de Francesc
Català Roca, el relato de sus distintas
conquistas de pionero (sus trabajos como reportero,
como fotógrafo industrial, como publicista,
como fotógrafo de edición, como
cartelista de turismo, como premio de Artes
Plásticas, retratista, documentalista...)
dibuja la línea de inserción
del medio fotográfico en la sociedad
española. Gracias a su manera de entender
la fotografía se concretó en
España la figura del fotógrafo
profesional, del buen fotógrafo profesional.
Del mismo modo, reuniendo una antología
de su obra veremos representada la historia
española de la última mitad de
siglo, no tanto en la presentación secuenciada
de acontecimientos públicos sino en
la expresión de lo que fue una forma
especial de entender la vida: la afirmación
de una mentalidad. El ojo del fotógrafo
magnifica con su atención unos aspectos
de la realidad y esconde otros.
Català Roca, según
su forma de ver, establece una jerarquía
que atrofia cualquier rastro de miseria, de
dolor o desesperación e hipertrofia
aquellos leves rasgos ingenuos de felicidad
y belleza, posición que un análisis
prejuicioso -de los que ahora por suerte ya
no abundan- podría tachar de conformista.
Una estética optimista, llena de luz.
Imágenes construidas para que el mensaje
emerja sólido como de un cartel. En
su fotografía la belleza es evidente,
el control compositivo es evidente, el humor
es evidente. La imagen no necesita explicarse,
se da. Esta forma de hacer, su buen oficio,
ha creado el estilo emblemático de una época
reciente que no obstante queda muy lejos -en
su apariencia- de la de ahora mismo.
Por una foto se podría
identificar a este autor: aquella en la que
un jinete de la policía sonríe
mirando a ninguna parte y un cartel publicitario
de polvos de talco le sirve de reflejo. El
bebé que anuncia el talco, dibujado
según las técnicas, de moda en
la época (año 54), de los dibujantes
de publicidad americanos (líneas puras
que enlazan las mil curvas de la carne y la
ropa, saturando al máximo la sensación
de dulzura y felicidad) tiene su réplica
en el uniforme del policía, en su cara
afilada de posguerra, en las brillantes botas,
en el fondo urbano. Da la sensación
de estar viendo un cartel en el que se reproduce
el mismo cartel, como en un juego de espejos
enfrentados. Las dos imágenes... ¡se
presentan tan diferentes, pero tan relacionadas!
De la colección de
imágenes de una infancia de posguerra
son de Català Roca los adoquinados sobre
los que se proyectan las sombras del atardecer,
la luz de la plaza de toros, los paisajes con
castillo, las flores de las Ramblas, los polos
de desarrollo, los campesinos aventando...
Luces recortadas, limpias; imágenes
montadas que sugieren la técnica del
collage publicitario: primeros planos que introducen
planos medios, fondos de nubes en el paisaje,
la mirada directa entre retratos de perfil...
Estilo amable, mirada positiva que huye de
la contradicción como en una visión
de álbum familiar, en el que el objetivo
privado sólo registra lo que tiene sentido
para hacer perdurar la felicidad. Pero entre
sus fotos menos "construidas" también
está presente la historia colectiva,
como aquella foto en la que una mujer anciana
está mirando hacia arriba tratando de
localizar a alguien en el Semíramis
que acaba de llegar con los niños expatriados
a Rusia durante la guerra civil, con la cara
desencajada por la desesperación y las
manos con una costura de dedos sobre el pecho.
Vista en la ampliación -según
su estilo inconfundible de montar las fotografías
sobre soporte rígido, sin el paspartú convencional,
ni marco ni cristal- la imagen da la vuelta
al bastidor como si se tratara de una realidad
esteroscópica. La multitud que rodea
a la anciana se va por los bordes de la foto,
como si no hubiera espacio en el plano de la
imagen y tuvieran que buscar un lugar en los
márgenes o incluso en la parte de atrás,
repelidos por la fuerza de la presencia de
esa madre que irradia luz, como una María
en un paso de semana santa castellano.
Por una foto se podría
identificar a este autor: aquella en la que
un jinete de la policía sonríe
mirando a ninguna parte y un cartel publicitario
de polvos de talco le sirve de reflejo. El
bebé que anuncia el talco, dibujado
según las técnicas, de moda en
la época (año 54), de los dibujantes
de publicidad americanos (líneas puras
que enlazan las mil curvas de la carne y la
ropa, saturando al máximo la sensación
de dulzura y felicidad) tiene su réplica
en el uniforme del policía, en su cara
afilada de posguerra, en las brillantes botas,
en el fondo urbano. Da la sensación
de estar viendo un cartel en el que se reproduce
el mismo cartel, como en un juego de espejos
enfrentados. Las dos imágenes... ¡se
presentan tan diferentes, pero tan relacionadas!
De la colección de
imágenes de una infancia de posguerra
son de Català Roca los adoquinados sobre
los que se proyectan las sombras del atardecer,
la luz de la plaza de toros, los paisajes con
castillo, las flores de las Ramblas, los polos
de desarrollo, los campesinos aventando...
Luces recortadas, limpias; imágenes
montadas que sugieren la técnica del
collage publicitario: primeros planos que introducen
planos medios, fondos de nubes en el paisaje,
la mirada directa entre retratos de perfil...
Estilo amable, mirada positiva que huye de
la contradicción como en una visión
de álbum familiar, en el que el objetivo
privado sólo registra lo que tiene sentido
para hacer perdurar la felicidad. Pero entre
sus fotos menos "construidas" también
está presente la historia colectiva,
como aquella foto en la que una mujer anciana
está mirando hacia arriba tratando de
localizar a alguien en el Semíramis
que acaba de llegar con los niños expatriados
a Rusia durante la guerra civil, con la cara
desencajada por la desesperación y las
manos con una costura de dedos sobre el pecho.
Vista en la ampliación -según
su estilo inconfundible de montar las fotografías
sobre soporte rígido, sin el paspartú convencional,
ni marco ni cristal- la imagen da la vuelta
al bastidor como si se tratara de una realidad
esteroscópica. La multitud que rodea
a la anciana se va por los bordes de la foto,
como si no hubiera espacio en el plano de la
imagen y tuvieran que buscar un lugar en los
márgenes o incluso en la parte de atrás,
repelidos por la fuerza de la presencia de
esa madre que irradia luz, como una María
en un paso de semana santa castellano.
No es inocente esta forma
de presentación, está íntimamente
ligada al sentido que Català le
da a la fotografía como medio de evocación
de la realidad. Es necesario producir en lo
posible la inmersión de la mirada en
el espacio, tratando de paliar la mediación
que la fotografía hace de la realidad
al enmarcar lo interminable de la continuidad
de la existencia física (Kracauer).
Sin embargo, tenemos la sensación de
que, aún prescindiendo del recorte del
encuadre, las fotografías de Català Roca
se mostrarían igualmente perfectas y
ordenadas, huyendo de ese caos imprevisible
en el que ocurren las cosas normalmente.
Por ejemplo, en su "playa
animada", -donde ocurre de todo: dos
monjas que pasean, vendedores de pescado
a la orilla del mar, un barco que llega y
descarga la pesca del día, un heladero
que está de tertulia con los paisanos,
unos niños que juegan, un perro ahí parado,
un guardia civil que lo mira, un carro tirado
por un caballo...- es evidente que todo es
fortuito, pero parece colocado a
propósito: equilibrados los elementos
entre los planos horizontales (rígidas
bandas paralelas de retablo románico)
y ligados por la potente diagonal transversal
de las sombras del atardecer veraniego. Con
esta imagen Català Roca demuestra
que su fotografía ha logrado la ocasión
del encuentro "fortuito" que perseguían
los surrealistas y que su padre, sin ir más
lejos, tenía que practicar sirviéndose
de las tijeras y el pegamento. Esta imagen
es un auténtico collage de escenas;
un mundo que contiene todos los mundos posibles,
como si se encontraran todas las riveras
en esta playa.
Hay otras fotos que sin reunir
elementos dispares son capaces de superponer
los mundos, no uno al lado de otro, sino uno
sobre otro, hacia adentro. Es como si en la
superficie de la imagen se abriera un pequeño
orificio por el que sale la verdad, esa
fuerza inmensa que nos atrapa al comprender
que no hay truco que enturbie la visión
de la existencia de un ser anónimo.
Es así en el retrato de un carbonerillo
que nos mira con una sonrisa que va despidiendo
la infancia que, probablemente, se le hizo
esquiva bajo el peso del trabajo. Aún
así la foto está intencionalmente
construida, sin llegar a mutilar la frescura
de la escena: el picado obligado cuando se
fotografía a un niño pobre, una
pierna adelantada para sostener mejor el fardo
de carbón, la pared de blanca cal para
lograr el fuerte contraste simbólico
con el negro de las manos y... la sonrisa tan
hermosa.
No es inocente esta forma
de presentación, está íntimamente
ligada al sentido que Català le
da a la fotografía como medio de evocación
de la realidad. Es necesario producir en lo
posible la inmersión de la mirada en
el espacio, tratando de paliar la mediación
que la fotografía hace de la realidad
al enmarcar lo interminable de la continuidad
de la existencia física (Kracauer).
Sin embargo, tenemos la sensación de
que, aún prescindiendo del recorte del
encuadre, las fotografías de Català Roca
se mostrarían igualmente perfectas y
ordenadas, huyendo de ese caos imprevisible
en el que ocurren las cosas normalmente.
Por ejemplo, en su "playa
animada", -donde ocurre de todo: dos
monjas que pasean, vendedores de pescado
a la orilla del mar, un barco que llega y
descarga la pesca del día, un heladero
que está de tertulia con los paisanos,
unos niños que juegan, un perro ahí parado,
un guardia civil que lo mira, un carro tirado
por un caballo...- es evidente que todo es
fortuito, pero parece colocado a
propósito: equilibrados los elementos
entre los planos horizontales (rígidas
bandas paralelas de retablo románico)
y ligados por la potente diagonal transversal
de las sombras del atardecer veraniego. Con
esta imagen Català Roca demuestra
que su fotografía ha logrado la ocasión
del encuentro "fortuito" que perseguían
los surrealistas y que su padre, sin ir más
lejos, tenía que practicar sirviéndose
de las tijeras y el pegamento. Esta imagen
es un auténtico collage de escenas;
un mundo que contiene todos los mundos posibles,
como si se encontraran todas las riveras
en esta playa.
Hay otras fotos que sin reunir
elementos dispares son capaces de superponer
los mundos, no uno al lado de otro, sino uno
sobre otro, hacia adentro. Es como si en la
superficie de la imagen se abriera un pequeño
orificio por el que sale la verdad, esa
fuerza inmensa que nos atrapa al comprender
que no hay truco que enturbie la visión
de la existencia de un ser anónimo.
Es así en el retrato de un carbonerillo
que nos mira con una sonrisa que va despidiendo
la infancia que, probablemente, se le hizo
esquiva bajo el peso del trabajo. Aún
así la foto está intencionalmente
construida, sin llegar a mutilar la frescura
de la escena: el picado obligado cuando se
fotografía a un niño pobre, una
pierna adelantada para sostener mejor el fardo
de carbón, la pared de blanca cal para
lograr el fuerte contraste simbólico
con el negro de las manos y... la sonrisa tan
hermosa.
Entre los datos biográficos
del extenso curriculum de Català Roca,
me gustaría traer al recuerdo un acontecimiento
que sorprendió de distinta manera a
la sociedad española. En el año
58, en la celebración de la Exposición
Universal en Bruselas, España participa
por primera vez en un acontecimiento internacional,
recién salida del bloqueo que sufrió después
de la guerra. El pabellón español,
diseñado por los arquitectos madrileños
Corrales y Molezún, contenía
un montaje fotográfico de Català Roca,
grandes fotografías hexagonales en blanco
y negro que reconstruían un mosaico
horizontal de más de 200 metros cuadrados
de instantes de una España futurible.
Mientras los pocos españoles que tuvieron
la ocasión de visitar la muestra, incluido
el propio embajador en Bruselas, se escandalizaron
de que España hiciera una muestra tan
escueta y tan pobre de sus bienes culturales,
científicos, sociales, industriales,
etc, y optara por una representación
en blanco y negro cuando la fotografía
en color estaba dando pasos decisivos en la
industria fotográfica, la joven generación
de fotógrafos españoles vio un
sueño realizado: todo se expresaba fotográficamente.
Esos fotógrafos entendieron que el pabellón
español era una exposición de
la mejor fotografía. Català Roca
clavó entonces una pica en Flandes,
y quedó para siempre como abanderado,
como pionero a los ojos de una generación
de fotógrafos españoles que,
a pesar de tener la misma edad que él,
siempre le consideraron como maestro, porque
a través de él fueron conscientes
del poder de la fotografía como medio
de comunicación.
Hoy día su foto grafía
sigue teniendo los mismos rasgos subversivos,
en tanto sigue escandalizando a la clase dirigente
de la museística fotográfica igual
que hace años escandalizó a los
que ponían la oreja sobre sus fotos
esperando que saliera música celestial
y decepcionados giraban la cara cuando sentían
sólo el murmullo de lo real. Si algunos
todavía piensan que su obra es convencional,
liviana, falta de contenido y puramente alimenticia es
porque no han entendido la carga explosiva
que lleva en sí, su capacidad de conectar
con la gente, su humildad frente a las artes.
Humildad asumida como rasgo propio y expresivo,
no como resignación. El autor que se
retira para que el objeto quede abiertamente
a los ojos de los otros: para que lo entienda
todo el mundo. Una dinámica -la de ser
abiertamente popular-, que no está bien
vista entre los intelectuales/artistas. Y es
precisamente por eso, por estar fuera de su
momento -no estar de moda- por lo que es más
escandalosa que hace años, incluso,
cuando se le pedía combatir y no lo
hizo. Los hallazgos éticos/estéticos
de Català son extraños al mercado
del arte, pero entroncan perfectamente con
la tradición realista del cine y la
literatura, medios que son más independientes
de la puja del consumo. Tenemos el deber de
enunciarlos una y otra vez, para no caer en
la tentación de sobreinterpretar su
estilo o, contrariamente, menospreciarlo: la
fotografía es una forma de vida además
de un medio de vida; la mirada tiene que ser
absolutamente respetuosa con lo real; el grafismo
es herramienta comunicativa no tanto expresiva;
el desprecio por el valor de la copia es consecuencia
del afán democrático de la edición;
la realidad no tiene estructura, la fotografía
no es gramática, es el espectador el
que completa el sentido de la imagen; la creación
fotográfica es sustractiva: el
fotógrafo apenas aporta nada propio,
su función es la del observador; la
fotografía no distingue de géneros
ni de sobrenombres, sólo hay buena o mala fotografía;
y la más importante: hay que trabajar,
estar siempre alerta, vivir, entender con la
mirada. Dar a ver. Consciente del plazo que
le marcaba el destino entre los dos umbrales
del nacimiento y la muerte, Català repetía
constantemente ese eslogan: trabajar. Los que
le conocieron entendieron que su trabajo exigía
la previa condición de una vida vivida
con intensidad. Su capacidad creativa llegó a
ser tan depurada -denominador común
de los buenos fotógrafos- que podía
prescindir de la cámara de fotos para
hacer fotografía. Al contrario de los
que se hacen esclavos de la profesión,
le interesaba más la vida que la fotografía.
"Mirar, seleccionar y no manipular
fue su manera de pensar, que se habría
constatado igualmente si hubiera escogido ser
escritor, pintor o cineasta -dijo Giralt Miracle
en su funeral-. Sus fotografías son
su pensamiento, y el pensamiento de Català es
uno con su mirada y con su forma de vivir."
Laura Terré
Barcelona 1998