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NO EXISTE NUEVA YORK

MIGUEL ANGEL MUÑOZ

Para mí, está absolutamente claro. Y, sin embargo, he pasado tardes de café con amigos que decían haberla visitado. Recuerdo a uno que juraba con convicción -él, tan poco creyente- haber paseado por las manzanas interminables de Manhattan, aseguraba conocer los alojamientos más baratos del Downtown, incluso me comentó haber sentido gran ridículo el día en que alquiló un coche de caballos para cruzar el Central Park. “Una vez allí, no debes dejar de lado una sola oportunidad”, reclamaba.

Le escuché con gran respeto y paciencia para luego sonreír al fin delante de su cara asombrada. "¿Cómo puedes argumentar una idea tan absurda?“, me dijo. Me enseñó una postal del puente de Brooklyn que había pinchado en su pared, sobre la mesa de estudio, y también un ejemplar del New York Times que había traído como recuerdo de aquella ciudad que yo pretendía, sin prueba alguna a mi favor, borrar del mapa.

Evidentemente, yo tenía mis motivos para no tragarme aquel cuento. Pero todos los motivos son privados, y en ocasiones es preferible no dejarlos al aire. Para mí, todo empezó con el cine de Woody Allen. Sí, todas sus películas se desarrollan en New York, y en ellas la ciudad es un agradable barrio de vecinos que puede recorrerse con sólo extender la mano adelante y mirar al infinito más allá del final de los dedos. En las películas de Woody Allen, Manhattan es un lugar habitable, una mansión enorme donde cada edificio, aunque sea un rascacielos, no es más que una habitación, casi siempre de invitados. En ese Nueva York siempre tendrás listas, con semanas de antelación, entradas para la ópera. Las hojas de los árboles están preparadas para caer, hay cines que abren por las mañanas, y todos los crímenes son disculpables, puede hacerse sin dificultad algún chiste sobre ellos. A raíz de aquello, de Manhattan, de Annie Hall, de Delitos y faltas, de Hannah y sus hermanas, yo añoré Nueva York. Me parecía un lugar donde nunca necesitarías acudir a la Seguridad Social. No negaré que me dirigí a una agencia de viajes, donde me señalaron unos económicos vuelos charter que me dejarían con rapidez cerca del sueño. Pero antes de decidirme, leí las novelas de Paul Auster, especialmente la trilogía de Nueva York y el Palacio de la luna. En ellas, Nueva York es un laberinto ingobernable, un agazapado animal de cables telefónicos que pueden alarmarte en mitad de la noche, el lugar terrible donde de perderte nadie podría dar jamás, jamás -este matiz es importante- con tu rastro. El Nueva York de Paul Auster es un cubo de rubik donde los colores se mezclan en distintas direcciones sin encontrar nunca su eje, su orden lógico.

Puedes salir a la calle para acudir a una cena romántica con Mia Farrow -este extremo es altamente improbable, ella nunca podría resultar romántica, como Woody nunca bello- y encontrar la caricia de una bala perdida, de un manuscrito que te conduce a ningún sitio, el extravío total. Aquel Nueva York me dejó bastante más vencido, y olvidé la ciudad durante mucho tiempo. Tiré a un contenedor de reciclaje la guía que había preparado para que me sirviera de compañía durante el viaje.


Empecé a convencerme de que aquellahistoria de Nueva York era un camelo. Y fueron unas fotografías de los años 50, las de William Klein, las que terminaron de convencerme. En su libro los neoyorquinos son protagonistas de la gran pantalla, todos parecen desear salir de las populosas calles y colarse por el objetivo indiscreto, abusivo, del fotógrafo. Curiosamente, en las fotos de William Klein encontré los rostros de chicos que parecían salidos de ni antigua pandilla. Nunca reconocí en los fondos de aquellas fotografías una gran ciudad. ¿Qué niño no ha imitado, sin conocerla, la famosa pose del pistolero infantil?

Aquello me llevó a una reflexión simplona pero efectiva: no necesitaba visitar aquella ciudad inexistente para conocer gente a la que recordaba de mi barrio, donde los edificios nunca pasaron de cuatro plantas. Nueva York es una ciudad de figurantes que cambian de vestuario como de ambientación, con extras de bajo sueldo que, a poco que les dejes, salen del decorado y se te cuelan por el objetivo fotográfico desde el que nos empeñamos en mirar aquel erizo urbano.

Mi amigo no se convenció, pero no me importa. Nueva York no existe, le repetí. Además, amenacé, tengo pruebas concluyentes, pero no pienso mostrarlas ante gente tan crédula como tú, como vosotros.
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