Miguel Hidalgo crea, en cada fotografía,
un documento de amor a la naturaleza y una
obra de arte. Porque hacen falta un sentimiento
singular, un espíritu de infatigable aventurero
para captar el instante mágico en que se
aúnan las luces y las sombras, los colores,
los volúmenes, la quietud y el movimiento
que componen el insolito y maravilloso paisaje
almeriense.
Pero también las fotografías de Miguel hidalgo
están impregnadas de afán de belleza y hambre
de eternidad: esa esforzada labor, ese empeño
febril por perdurar la fugacidad que padecen
una puesta de sol en una recóndita cala del
Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, la
abrupta rugosidad de los cerros, el colorido
aroma de la flora, la plasticidad bulliciosa
de la fauna...
De modo que Miguel Hidalgo consigue que
en cada fotografía se hermanen lo efímero
del tiempo, la libre inmensidad del litoral,
la orgullosa soledad del agreste interior.
Todo un acto de amor, todo un documento de
belleza.